Testimonio en primera persona: El día que un naufragio enlutó a Villa la Angostura

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María Inés Olmedo dio una entrevista a La Angostura Digital sobre esa trágica tarde. Viajaba con su hermana en una lancha con otras 30 personas el 10 de enero de 1972, cuando la embarcación se hundió en el lago Nahuel Huapi. Murieron 12 personas. 

 

“El recuerdo lo tengo muy vivo. Es una experiencia que nunca la olvidé”, afirma María Inés Olmedo. “Yo en esa época tenía 21 o 22 años. Estaba trabajando en las Facultad de Ingeniería, de la UBA de la ciudad de Buenos Aires, que tiene en la Villa La Angostura el albergue Inacayal”, cuenta la mujer.

Recuerda que en enero de 1972 viajó con su hermana, María Mercedes Olmedo y el novio de su hermana a Villa La Angostura. Todos eran estudiantes universitarios. Y viajaron con un contingente de veraneantes.

María Inés dice que fue “una experiencia preciosa”. Viajó el grupo de la Universidad, familiares, amigos e invitados. “Así que compartíamos todos los días distintas actividades”, relata.

Para los primeros días de enero de 1972, rememora que habían conformado un grupo más grande de amigos y habían hecho muchas excursiones.

El 10 de enero de ese año, cuenta que habían ido en auto a Bariloche. Para esa jornada “habíamos contratado una lancha que estaba amarrada en el muelle, que era una lancha de un pescador, era la única embarcación que teníamos a mano para hacer algún paseo lacustre”, recuerda.

“Lo habíamos contratado a esta persona, el lanchero supuestamente para nosotros el dueño de la lancha y habíamos hecho antes un viaje a la isla Lago Gutiérrez y entonces volvimos a contratarlo para ir a Isla Victoria, explica.

En la entrevista con LA ANGOSTURA DIGITAL María Inés recuerda que esa mañana del 10 de enero de 1972, “cuando salimos en auto desde Bariloche estaba medio feo el tiempo, vimos que el lago estaba picado y llegamos a la Villa para almorzar y luego partir a Isla Victoria, con el grupo de los amigos”.

Rememora que había niños y gente mayor en el grupo porque era una salida tranquila.

“El día anterior habíamos escalado un cerro, así que estábamos cansados para hacer otro tipo de excursión”, afirma.

“Partimos después del mediodía desde el muelle (de la Bahía Mansa). Salimos con la lancha con más pasajeros de los que había contratado nuestro grupo”, indica. “Aparecieron seis chicos que estaban haciendo camping y una pareja más y subimos todos a esa lancha que evidentemente no tenía capacidad para tanta gente. El lanchero era de la familia Eggers y se llamaba o se llama Héctor”, asegura María Inés. Dice que unas 30 personas emprendieron la excursión hacia Isla Victoria.

La explosión

“Cuando estábamos ya saliendo, bordeando la Península de Quetrihue, yo me había ido adelante para mirar el paisaje, me senté en una caja donde estaba el motor, era una lancha de madera, bastante sencilla”, señala la mujer.

“Y me puse a observar que era una lancha bastante precaria porque tenía cablecitos por acá, broches de ropa por el otro lado. No vi ni un solo salvavidas, nada”, advierte.

“De pronto me llaman de atrás para decirme: mirá que bueno el cerro que habíamos escalado el día anterior y cuando me estoy levantando escucho una explosión justo que salta de la caja donde había estado sentada”, rememora María Inés. No habían pasado más de veinte minutos de navegación.

Dijo a LA ANGOSTURA DIGITAL que el lanchero “no tuvo otra idea que tirar monóxido de carbono como solución, que tenía en unas garrafitas, lo que produjo falta de oxígeno y todos nos fuimos para atrás, y empezamos a ahogarnos con el humo y la lancha comenzó a prenderse fuego”, recuerda.

“Ahí empezó cada uno, como pudo, a tirarse al agua. Yo había dejado mi bolso adentro de la lancha, mi carterita con mis documentos. Como estábamos vestidos, jeans, zapatillas y todo nos tiramos al agua”, describe la sobreviviente.

“Estábamos a alrededor de unos 60 metros, calculo, a la Península de Quetrihue hasta la orilla, en un sector donde no había más que acantilados”, señala.

La lucha por sobrevivir

“Y ahí empezó nuestro gran esfuerzo para sobrevivir, con lamentables episodios, de sentir que una persona, conocida mía, me tiraba de la mano, del brazo y yo me tuve que soltar porque si no me caía, porque estaba el marido que no sabía nadar. Finalmente, ellos dos desparecieron”, afirma María Inés.

“Y seguí nadando como pude con zapatillas, con jeans con todo y alguien de la lancha tiró un remo y ese remo nos llevó hasta la orilla. Ese remo fue mi salvador porque lo tiraron así yo estaba muy cansada de esa manera me levantaron hacia la roca”, cuenta. Solo había rocas en ese sector de la costa.

“Quedamos enganchados en esa piedra, mientras había gente que nadaba, gente que se tiraba para rescatar a otros, En el caso de una familia que tenía 3 criaturas, la mamá era nadadora, alpinista. así que ella rescató a uno de sus hijos, lo fue llevando hasta que ella se murió no le dio el corazón”, lamenta María Inés.

“Y un compañero de nuestro grupo se tiró y rescató a esa criatura. El papá se murió y quedó otro hermano vivo o sea que salvaron dos de los tres hermanitos. Esa fue una parte muy triste”, sostiene.

“Estuvimos ahí ni sé el tiempo a la espera de las lanchas porque llegaron dos lanchas de rescate. La nuestra había desaparecido, se había quemado íntegra”, asegura. “De pronto, apareció una lancha del lado del muelle de donde salimos y otra lancha cruzando desde el Cumelén”, cuenta. Fueron a rescatarlos.

“A mí me tocó subir a la lancha del muelle oficial. Y en tanto que otros aparecieron en la lancha del club Cumelén. En ese momento no sabíamos de donde eran las lanchas, para nosotros eran nuestra salvación”, afirma.

Foto: Frías, presidente por entonces de Cumelén Country Club, estaba en su lancha cuando recibió el alerta por un radioaficionado y salió en ayuda de inmediato.   

La desesperación

“Llegué hasta el muelle empapada y muerta de frío, En el auto en el que habíamos ido a Bariloche había quedado ropa de abrigo y con eso nos sacamos la ropa y nos pusimos ropa seca y después partimos albergue en el auto, sin tener noción de quiénes habían muerto y quiénes no”, cuenta.

“Solo tenía conciencia de esa pareja que estaba la lado mío y que yo había sido compañera de la mujer en el Colegio Lenguas Vivas y ella estaba embarazada”, lamenta.

“Llegamos a ese albergue, hubo toda una movida periodística. Mi hermana se fue a Bariloche a hacer una entrevista radial y una de las personas radioaficionadas de Villa La Angostura era el que comunicaba a Buenos Aires las novedades, entre comillas, que mi hermana estaba desaparecida, y no era sí, pero esos fueron los trascendidos de ese momento”, rememora María Inés.

“Cuando vino la televisión, mi madre en mi casa pudo verme a mí en pantalla con lo cual mis padres se quedaron más tranquilos, mientras que mi hermana se había ido a la radio de Bariloche a hablar y quedaba siempre la inquietud de verla, si era cierta o no la noticia de la televisión”, relata.

Las víctimas

María Inés dice que su grupo de amigos “se vio diezmado con muchos muertos” También murieron personas “que no sabían nadar, que se había subido a la excursión, como una señora mayor, que era la abuela de otro chico, gente que no tenía ni intenciones de nadar y además no había ningún salvavidas”. Recordó que murieron 12 personas de la lancha.

“Uno o dos días después de esos fuimos a declarar. En ese momento se declaraba en Gendarmería. Nos quisieron hacer decir que habíamos salido de un puerto clandestino, como ellos tenían la competencia del muelle en ese instante, eran culpables entre comillas de haber dejado subir a semejante contingente a la lancha”, afirma María Inés. “Esto lo viví muy claramente porque había un abogado en el grupo nuestro y él declaró primero y nos hizo declarar exactamente lo real, que habíamos salido de un puerto oficial la lancha”, asegura.

“Fue una primera aproximación a una cuestión ya más dura penal, porque había un delito cometido gravemente por parte del dueño de lancha que era lo que nosotros pensábamos en ese momento”, dice.

“Finalmente, las cosas y el tiempo nos fue mostrando otras cosas, que la lancha era particular de una persona de la zona y este señor Eggers se la manejaba, usufructuaba para su propio interés este tipo de actividades turísticas”, señala.

“Y este señor que nosotros lo dimos por muerto porque había desaparecido, había sabido nadar hacia la playa que estaba más adelante y había escapado por allí y se había fugado a Chile”, relata María Inés. Por eso, dice que al principio pensaron que eran 13 las víctimas del naufragio.

El reconocimiento

“Al día siguiente del naufragio, dije que había estado en Gendarmería declarando y después nos llamaron a algunas de las personas que sobrevivimos para hacer reconocimiento de cuerpos. Allí estaba un amigo de uno de los muchachos del grupo, estaba la señora mayor y había un par de cuerpos más, pero el resto estaba desaparecido”, relata.

“Ese fue un momento muy difícil donde tuvimos que hacer ese reconocimiento y más que nada los amigos que habían perdido a alguien”, sostiene.

“Una chica que estaba en nuestro grupo llegó tarde, no llegó a tomar la lancha porque se había ido a pasear y se salvó porque ella no sabía nadar. Así que fue toda una cosa muy dramática la que tuvimos que vivir en el albergue porque estaba con un ataque de nervios esa chica”, rememora.

“Pasaron uno o dos días más y empezaron a caer familiares de los accidentados y se hizo una misa en el Messidor donde se leyeron los nombres de las personas que supuestamente estaban en la lancha”, relata. Vinieron diarios y revistas. “Fue un hecho que llamó mucho la atención”, asegura.

El regreso a Buenos Aires

“La provincia de Neuquén nos ofreció un avión para volver pero no quisimos por el riesgo y nos volvimos a Buenos Aires en colectivo con tanta mala suerte que el ómnibus volviendo por el desierto en un viaje le cayó una piedra en el parabrisas así que viajamos todo el tiempo con el parabrisas roto”, asegura María Inés.

“En enero de 1973 personalmente decido volver al lugar para esa misma fecha. Yo soy una persona que me gusta mucho el agua y no quería temerle, entonces me hice presente y estuve con otro grupo de gente”, rememora.

“Cuando llegó el 12 de enero del 1973 me hicieron una torta como un festejo de un primer año de vida”, sostiene.

“Entre tanto me entero que en Villa La Angostura habían colocado una cruz, el club Cumelén. Eso me impresionó muchísimo”, sostiene.

“Una hermana mía a los dos años del accidente fue por villa y andando en una lancha, llegó a la cruz”, asegura. En ese momento, “mi familia se entera de que el famoso lanchero no había escapado a Chile y que los salvavidas estaban en la lancha bajo llave, debajo de los asientos, adentro de la cabina”.

“Mi hermana Mercedes no volvió nunca hasta hace pocos años atrás que nosotros tenemos una cabañita en San Martín de los Andes e hicimos una excursión, y fuimos a Villa la Angostura y llegamos hasta el albergue Inacayal”, relata. 

Anécdotas

“El 2001 o 2002 estaba trabajando en un proyecto jurídico muy importante, me aparece la noticia que un especialista de una rama del derecho sobre la que yo trabajaba venía a hacer un reemplazo de otro abogado que estaba, cuando escucho el nombre y apellido era el mismo abogado que había estado en el accidente conmigo y que había dicho que declaremos que el muelle era oficial, Oscar Requeijo. Una cosa insólita porque parecía que no podía terminar la historia nunca”, cuenta María Inés.

“Ese accidente, a mí, me dio mucha fortaleza, me ayudó a superar miedos, yo tuve una vivencia y eso es real estando en la piedra como un flash de mi vida como que a uno le pasan como escenas de la vida. Era impresionante. Pero me dio mucha fortaleza. De hecho, yo amo ese lugar y es mi lugar en el mundo. Eso lo tienen todos sabidos en mi familia que el día que yo me muera quiero que mis cenizas queden ahí”, finalizó María Inés.